Arrepentíos… (Mateo capítulo 3)

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Arrepentimiento, nos ha dado por llamarle así… pesar, tristeza, aires de melancolía… retrotraernos a momentos que desearíamos no haber vivido; como decía la abuela: “tristeza por lo que pudo haber sido, y no fue”, o mejor aún, por lo que de algún modo fue, y no debió haber sido”

Juan, nos convoca a arrepentirnos de todo lo que lacera nuestra intimidad con Dios; todo lo que invalida el pacto de confianza, de dependencia absoluta de Dios, Juan nos remite a la fe (la tan mentada fe de la que hablan todos, como si fuera una palabra mágica que atrae las cosas a nosotros, en lugar de atraernos hacia Él).

Juan comprendía muy bien el significado de la palabra arrepentirse… volverse a Dios, convertirse de nuestros caminos a su camino. Comprendía lo que significaba, y lo que no significaba. No era el pesar del que hablamos, tampoco era la tristeza de la que hablaba la abuela; después de todo, esta nos lleva, en un viaje de 360 grados, al punto de partida al cual nunca quisimos regresar.

En el evangelio según Lucas, refiriendose a Zaqueo, Lucas nos narra: “procuraba ver quién era Jesús…”

En su experiencia, Zaqueo nos muestra el fruto de arrepentimiento del que habla Juan. “Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba lo vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que me hospede en tu casa. Entonces él descendió aprisa y lo recibió gozoso. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo que había entrado a hospedarse en casa de un hombre pecador. Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguien, se lo devuelvo cuadruplicado. Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa, por cuanto él también es hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”. (Lucas 19:5-9)

Jesús se sumerge en las aguas del arrepentimiento “para cumplir toda justicia”. Cuando nos sumergimos en las aguas del arrepentimiento, podemos descansar confiados en Él. Descansar en Cristo, quien ha prometido sumergirnos en las aguas del Espíritu… ¡para hacernos más que vencedores!


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